Rescatando “personajes” populares de La Paz: La Soledad en el planeta Guesnai

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La historia de la “cultura” de nuestro pueblo está sembrada de múltiples hechos y acontecimientos protagonizados por sus habitantes. En algunos casos queda constancia de ellos por los documentos escritos. Otras veces los hechos y personajes son anónimos y solo perduran a través de la memoria colectiva. Es allí donde cobra importancia la rica transmisión oral. Pero, lamentablemente, con el paso del tiempo y la partida de los actores sociales, ésta se va perdiendo paulatinamente.

En materia de atesorar vivencias y recuerdos de esa “cultura popular”, es mucho lo que se ha extraviado, destruido y, lo que es peor, ignorado. La presente narración es un pequeño aporte a esas historias olvidadas. Humilde, con sabor a pueblo. Pero, sobre todo… auténticamente paceña.

La Soledad en el planeta Guesnai.

Por Ramón Belén López.

Estaba sentado en el umbral de la vieja casona. Su figura gris sobre el gastado mármol blanco parecía copiada del libro de cuentos que leía con el abuelo Juan. Inclinado hacia adelante, la cabeza gacha, con las manos temblorosas cubriendo su rostro desencajado, ajeno a todo lo que lo rodeaba, rumiaba un pensamiento repetitivo. Me acerque lentamente con pasos cortos, cuando llegué a su lado, me senté en silencio.

Guesnai susurraba en voz baja: “lo que más quiero en mi vida es la soledad”

Según cuentan los memoriosos, una señora que vivía cerca del Club Comercio un día lo saludó irónicamente en idioma inglés, diciéndole: “Good nigth”. Él no se achicó y le contestó en su media lengua: “Guesnai”. Así creó una palabra para comunicarse en forma divertida con la gente, la adoptó en su vocabulario y de a poco se convirtió en su apodo. Para pedir un trago, cuando recalaba en el Bar “El Pasatiempo” le pedía a don Félix Luna: “Sírvame un Guesnai”. Como el bolichero ya lo conocía, le preguntaba si lo iba a tomar con soda, a lo que él respondía: “…no un Guesnai purinque”.

A medida que avanzaba desde la rivera hasta el centro, se escuchaba: “¡Hola Guesnai!” “¡Chau Guesnai!” Él contestaba el saludo a los gritos, con una sonrisa amplia y un corazón abierto para todos. Nacía el “planeta Guesnai”…

Traté de iniciar una conversación y le pregunté afligido: “¿Necesitás plata Guesnai?”

Él, sumido en sus cavilaciones nostálgicas respondió:

--- “Ando más seco que lengua e´ loro, pero me las rebusco. Siempre trabajé, desde chico. Comencé en la arenera de los Geminiani que estaba en la costa, al lado del balneario. Había dos grandes tanques y a pala cargábamos la arena que traía el barco “Julio César”. En la época de lluvias, no se trabajaba tanto y entonces me iba pal´ puerto donde hombreaba bolsas de arpillera con 120 kilos de lana de oveja que cargaba para subir a los barcos. Había que hamacarse cumpita, ¡no era chicharrón de vizcacha! No le mezquinaba el lomo, pero así también me quedó todo torcido el espinazo.

En fin hice de todo, ¿hasta sabe qué? supe curar de palabra los dolores de muelas, como me enseñó Doña Felisa, la curandera del barrio. No, no le estoy bolaceando, si viera ¡la gente pituca que me buscaba!

Guesnai susurraba en voz baja “lo que más quiero en mi vida es la soledad”

Su nombre era Urbano Ramón Enrique, nacido un 9 de abril de 1928, en un rancho pobre de adobe y paja “pintado” en la Rivera del Paraná. Su padre don Juan Vallejo, descendiente de los bravos mocovíes (traídos en 1860 por el Coronel Berón de Astrada desde el pago santafesino de San Javier). Su madre María Enrique y seis hermanos.

Como diría el paisano…“morocho subido de tono”. Cabellos oscuros y desordenados a los costados de una frente amplia, nariz puntiaguda y un raleado bigote que se pronunciaba sobre las comisuras de una sonrisa amplia y contagiosa. Su figura pequeña, con el pantalón arremangado, en pata o con alpargatas flecudas, transitaba todos los días las angostas veredas del barrio y a fuerza de su carisma inigualable, se convirtió de a poco en parte viviente del paisaje urbano.

Sin saber el porqué de su congoja, le dije: “¿tenés problemas con la policía?”

----“Siempre fui pobre, pero yo nunca mostré la hilacha. Una vez mi hijo, el Piquito, que era por demás cabezudo, había sacado sin permiso unas naranjas del camión de Don Domenicone, que estaba estacionado frente al Hogar del Niño. Cuando me enteré, le dije “yo te via´ enseñar cuantos pares son tres botas” y lo llevé a los cintazos, para devolverlas. Hay que aguantarse “la calor con saco” y como decía mi madrecita, que Dios la tenga en su santa gloria; “pobre, pero honrado”.

Guesnai susurraba en voz baja “lo que más quiero en mi vida es la soledad”

Como era de confianza, los comerciantes del barrio, utilizaban sus servicios. Así, Jacobo Kohan de Fotos “Rafael”, Jorge Daher de Tienda “El Rey de lo Barato” o Joaquín Jacobo de la Despensa “El Buen Vecino” le daban una changa o encargaban un mandado. Guesnai era una buena persona. A diferencia de él, algunos de sus compinches visitaban seguido la jefatura de policía y salían los “24 de enero”; fecha en la cual se ejecutaba una vieja costumbre. El día de la Patrona, Nuestra Señora de La Paz; al pasar frente a la jefatura, la procesión se detenía y se procedía a liberar a alguno de” los alojados VIP”, en honor a la Virgencita. Era un personaje tan querido Guesnai que se le perdonaban ciertas cosas, tales como, en la convulsionada década de los 70, cuando con su gracia y desparpajo pasaba frente a los policías gritando: “Viva Perón y Guesnai, carajo”… sin que esto le causase inconveniente alguno.

El sol estaba tibio, agradable, por eso, en tren de seguir la charla le pregunté:

“¿Y tu familia?”

---- Sólo me quedó mi hijo (porque la Angelita se fue muy joven). Cuando puedo, voy unos días a su casa, me baño, me cambio de ropa y como bien. Me gusta, por demás un buen puchero con caracú y por supuesto tomar un vasito de caña, que mi nuera para que no me haga mal, a escondidas la rebaja con agua. Después de probarla yo le digo: esta caña está “bautizada” y seguro que por acá anduvo don “Aguicho” Franco.

No quedo mucho ahí, enseguida me mando a mudar. Mi vida es la calle y como el zorzal, no sirvo para estar encerrado. Solo hay algo que me tira y es. … mi nietita.

Guesnai susurraba en voz baja “lo que más quiero en mi vida es la soledad”

Su jornada comenzaba temprano, en el Almacén “La Confianza”, de Don Juan Salomón Ríos. A partir de las seis “se servía el desayuno” en vasos de vidrio grueso (medio de Palanca y medio de Lucera) que se tomaba de a sorbos para calentar el cuerpo y asentar el pulso. Entre los habitués concurrían los carniceros del mercado, quienes después de esta ceremonia, se iban a despostar las reses. Guesnai salía detrás de ellos para hacer las changas.

Su amigo inseparable era el rengo Julián, quien lo acompañaba a todas partes. Completaban el elenco, “el Tero González”, “el Negro Altamirano” y “Marincho”, con su carretilla “La pelo de oro”, (mote que el ingenio popular había creado en alusión a su mujer que teñía de rubio su cabellera.).

Promediando el mediodía se lo escuchaba decir:” ¡Y a todo esto!, ¿qué hora es?” Era entonces el momento de pasar por el Mercado Municipal, donde los puesteros les regalaban algunas achuras. Después se encaminaban hacia el fondo de calle Urquiza, donde bajo de un gran ombú, tenían una ranchada hecha con bolsas y cartones. La llamaban, en tono burlón, “La carpa de la alegría”.

La verdad yo no entendía el porqué de su dolor, tampoco, el insistente anhelo de soledad que repetía sin cesar. Lo dejé en silencio con sus pensamientos. Él se quedó mirando lejos.

Guesnai susurraba en voz baja “lo que más quiero en mi vida es la soledad”.

El 9 de julio del 91 amaneció muy frío. La primera plana de Clarín decía: “Menem pidió un sacrificio más”. Guesnai no le hizo caso. Se despidió del barrio casi sin que nadie se diera cuenta; en la calle, despojado de bienes materiales y entregando su última sonrisa.

Como diría un entrerriano… “murió en su ley”.

Pero su espíritu no se marchó, se refugió en un gorrión. Un gorrión como nuestro pueblo, pobre. Con un plumaje humilde y un trino alegre de luchas esperanzadas. Un gorrión que, después de tantos años, vio bajar en la terminal del pueblo a la nieta que tanto amó, convertida ahora en profesional, la Doctora Soledad.

Por las tardes un duende errante transita las calles del barrio en su peregrinar eterno hacia la rivera. Al caer el sol sobre las islas, los últimos rayos contornean su figura antes de sumergirse en la garganta de la barranca en un viaje sin fin.

El telón de la noche cae lentamente sobre el “Planeta Guesnai”.

Volvió la “Soledad”.

 

agenciainfopaer@gmail.com

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